Llorando. Me encontraba llorando sin saber porqué. Supongo que era porque no iba a volver a ver a una persona en particular, una persona a la que conocí cuando me fui de crucero este verano. Allí se encontraban todos mis amigos habituales, consolándome. Era extraño porque aún estaba en el barco y, en una escalera, él sólo, se encontraba esa persona por la que estaba llorando.
Fui a sentarme a su lado, sin saber porqué, y me giré para darle un abrazo. De pronto, me besó. No fue un beso normal. Fue un beso bonito, lindo, con amor. Duró un largo rato, un rato en el que disfruté, y sentí que yo amaba a esa persona. De pronto, se interrumpió, y aparecimos en unas barandillas, los dos solos. Allí me dijo que vendría a Sevilla por mi cumpleaños. Lo volvería a ver, me decía.
Lo más extraño del sueño fue el beso.
Porque sentí, en lo más profundo de mi ser, que ese beso era real, no un sueño, si no que lo sentí como si hubiera pasado de verdad.

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